Renata

–¿Alguna vez has soñado con alguien y al despertar sientes que te has enamorado de esa persona? –me preguntó Renata anoche.
–Sí, me sucedió contigo –le respondí.
Una amplia sonrisa se dibujó en su bello y juvenil rostro. Una sonrisa que había extrañado durante años. Mi cumplido la complació y tal vez a manera de agradecimiento acarició con su tersa mano un costado de mi cara. “Siempre has sido muy lindo conmigo”, decía aquella caricia.
–A mí me sucedió con un completo extraño –dijo ella mientras con su dedo índice recorría la forma de mis labios.
–Ángel –dije con seriedad.
–Sí, Ángel.
Por supuesto aquello fue una cruel estocada a mi corazón, pero no tenía importancia; le pertenecía a ella y tenía libertad de hacer con él lo que le diera la gana. Como siempre.
Lo que dije era cierto, la amaba. La amo. La he amado toda mi vida. Y sí, todo comenzó con un sueño. Sucedió cuando cursábamos la preparatoria. Estábamos en el mismo salón; ambos teníamos dieciséis. Muchas de mis compañeras eran muy atractivas, pero Renata era sin duda la más exótica, la más desarrollada. Aparentaba tener más de veinte, por lo que intimidaba a la mayoría de los chicos de su edad. Se decía que tenía relaciones con un maestro, se decía que era puta.

Desde la primera vez que la vi me sentí sexualmente atraído por ella, como es natural, pero no tenía la más mínima aspiración de pretenderla. Estaba claramente por encima de mis probabilidades. Ni siquiera la consideraba una persona real, no existía; al menos no dentro de mi radio de interacción social, si entienden lo que quiero decir. Era sólo una chica de tetas grandes, deliciosas nalgas y rostro simpático. Nada más.
Una mañana, durante un examen final, algo me sacó de mi profunda concentración. Era Renata acuclillada a un lado de mi pupitre procurando permanecer oculta del profesor que estaba distraído viendo unos papeles en su escritorio. La postura de la chica me permitió una cómoda perspectiva de sus senos, cosa que a ella pareció no importarle. Me pidió que le pasara algunas respuestas del examen.
Balbuceé un “claro, por supuesto” y le mostré mi examen sin más. Me di cuenta que era la primera vez que la observaba. Es decir, la había visto infinidad de veces, claro, pero aquella ocasión fue la primera que la miraba detenidamente. Para empezar, nunca había estado tan cerca y aunque había percibido que usaba perfume, a esa distancia la fragancia inundó mis pulmones. Ahora me doy cuenta de que aquel dulce aroma era más que sólo perfume, era su esencia propia. También me percaté por primera vez que sus ojos eran grises y que tenía un diminuto lunar en la comisura del labio superior. Me di tiempo de estudiar sus rasgos mientras ella escudriñaba atenta mi examen con una expresión de angustia que resultaba cómica y sensual a la vez.
La grave voz del profesor me sacó de mi ensueño: le llamó la atención a Renata y le pidió que vuelva a su lugar. Una sonrisa, la misma que luego llegaría a amar, se dibujó en el rostro de la muchacha y unos ojos llenos de chispa, llenos de vida, hicieron contacto con los míos. “¡Gracias!”, me dijo posando su mano sobre mi antebrazo, apretándolo suavemente, antes de volver a su asiento.
He analizado este momento a lo largo de mi vida muchas veces y tengo la convicción de que fue durante ese contacto visual y el de su mano con mi brazo, que algo de ella fue transmitido a mí. Algo más allá del agradecimiento. Tal vez química, tal vez energía pura. Algo eterno, sin duda.
Esa noche soñé con ella. Sí, fue un sueño erótico, pero también fue más que eso. Ella jugaba con mi miembro, me masturbaba, y yo acariciaba sus pechos. Platicábamos. Decíamos que algún día nos íbamos a casar y tendríamos hijos. Mientras hablaba, ella me tomaba del antebrazo y sus ojos resplandecían. Y la sonrisa. La sonrisa se repetía una y otra vez. Después lo hicimos. Pude sentir cómo la penetraba; pude sentir el delicioso calor envolviendo mi pene; pude sentir sus muslos vibrar.
No tengo la capacidad de describir lo impactante, lo sublime, lo místico que fue este sueño para un adolescente que aún era virgen. De hecho, considero esta mi primera experiencia sexual. Es curioso, pero no recuerdo la primera vez que tuve sexo en la vida real, ni mucho menos con quién. Fue en la universidad y creo que estaba ebrio. En fin, prefiero quedarme con el otro recuerdo. Desperté antes del amanecer con la erección más dolorosa de que tengo memoria y completamente enamorado de Renata. Ya no pude dormir. Más tarde, en la escuela, mi mirada no podía separarse de ella. Creo que incluso la llegué a incomodar.
Los rumores de que se acostaba con un maestro eran muy fuertes y escuché también a muchos tipos de grados superiores fanfarronear con haberla poseído. La zorra del colegio, decían algunos. Pero nada de eso me importaba, yo había determinado que algún día ella sería mía. No era amor de estudiante, era amor real y la prueba está en que aún lo siento.
En cuestión de popularidad nunca fui muy afortunado. Era un buen estudiante, el primero de mi clase, de hecho, pero nunca alguien respetado de acuerdo a los cánones establecidos por la juventud de mi época. Es decir, mis posibilidades con Renata eran nulas. Sin embargo, logré lo que nadie había logrado hasta ese momento: ser su amigo.
En aquel entonces no lo percibía, pero hoy me doy cuenta de que Renata fue, de hecho, una persona solitaria. Siempre lo ha sido. Tenía algunas amigas, pero no muchas y probablemente hablaban mal de ella a sus espaldas. Su exuberante figura y belleza eran un pecado imperdonable para las otras adolescentes. Y en cuanto a los hombres… bueno… todos buscaban lo mismo. Yo le ofrecí algo que ninguno le había ofrecido antes: amistad. Claro, tuve que pagar el precio. Un precio muy alto en frustración y dolor, pero no me importó, más valía la esperanza. Muchas veces le hablé de mis sentimientos, pero ella siempre fue determinante en decir que yo era su mejor amigo y no deseaba perderme como tal. Y así fue durante mucho tiempo.
Hace algunos meses Renata cumplió 38 años. Fue un festejo amargo, lleno de lágrimas y espejos rotos. No era para menos. La mujer que a regañadientes apagó las velas del pastel no era ni un eco de la monumental venus que había sido alguna vez. Biológicamente era aún una mujer joven, pero ella siempre lució mucho mayor, y si en su adolescencia aquello pareció una ventaja, en su adultez se convirtió en una maldición. Además, su estilo de vida no le favoreció tampoco. Sus cuatro embarazos habían desbaratado su figura, abultado su vientre y marchitado sus senos. Su tendencia a la depresión se manifestaba con una gula incontrolable y aunque no era una persona obesa en el total sentido de la palabra, sí estaba considerablemente pasada de peso.
Por otra parte, su condición de madre soltera la había expuesto a altos niveles de estrés, el cual había hecho mella en su faz, siempre mortificada, siempre cansada. Sus ojeras y arrugas estaban fuera del poder de cualquier tratamiento cosmético. El diminuto lunar en la comisura de su labio superior se había convertido en una desagradable verruga y sus ojos grises se habían oscurecido.
Cuatro hombres, cuatro niñas, ningún padre. La mayor de sus hijas, Susana, de 18 años, heredó una belleza casi tan deslumbrante como la que poseyó alguna vez su madre; no tuvo la misma suerte su hermana Rocío, de 11, que a ratos resultaba algo simpática, pero no era nada especial. Concha, la de 9 años, para ser honestos, había nacido sin ninguna gracia; pero la pequeña de 5 años, Perla, era simple y llanamente fea. No era de extrañar que las más jóvenes fueran las menos agraciadas, pues la calidad genética de los padres fue disminuyendo con el tiempo.
Fui testigo silente de estos cuatro episodios en la vida de mi amiga, cada uno más nefasto que el anterior. Ella decía que cada hombre había llegado sólo para consumir parte de su belleza, succionarla como un vampiro, para luego marcharse y encima dejarle un recuerdo suyo. Decía que a ellos debía haberse convertido en una mujer gorda, fea y vieja. De nada servía decirle que yo nunca había dejado de amarla, que a mis ojos, seguía siendo la misma de antaño, que debajo de aquella coraza de carne triste, aún veía a la adolescente sexy y radiante que fue.
En dos ocasiones le pedí matrimonio y en esas dos ocasiones hicimos el amor, pero fueron más bien regalos de consolación. Renata no deseaba perder a su único amigo. Fue una tontería de su parte, tal vez una tendencia autodestructiva a boicotearse las oportunidades de ser feliz.
La primera vez que le ofrecí un anillo, tenía ya dos hijas y ningún trabajo. Yo, como ingeniero de cierto de renombre, podía garantizarle una vida de comodidades y amor verdadero, para ella y para sus niñas. Pero no había manera de convencerla. “No quiero perder mi libertad”, fueron sus absurdas palabras.
La segunda vez que pedí su mano, recién había nacido la más pequeña de las niñas y el padre había desaparecido. “Eres un gran amigo y siempre quiero tenerte cerca, pero te mereces algo mejor que yo”, fue su excusa. Ni hablar.
Debo aclarar que si bien mi amor por ella jamás menguó y nunca la perdí de vista, eso no me detuvo de hacer una vida normal. Tuve mis novias, me casé, tuve hijos y me divorcié. Tal como dicta la regla social moderna. De hecho, la primera vez que hice el amor a Renata, aún estaba casado.
Además de los cuatro padres de sus hijas, fueron muchos los hombres en la vida de Renata. Incontables. Y casi todos buscaron lo mismo. No sé si porque ella se sentía sola, recurría al sexo como una herramienta para afianzarse compañía, o sí realmente sufría de una debilidad patológica al fornicio. 
Sin embargo, de entre la multitud de patanes que la tuvieron, hubo uno que vio en ella algo más que sólo carne. El único, además de mí, que realmente la amó: Ángel.
Podría ahondar mucho en la historia de este sujeto, de no ser porque me produce un profundo sufrimiento evocarlo. Ángel, a diferencia de mí, sí fue correspondido. Fue, sencillamente, el primer gran amor de Renata. A él lo odié más que a ningún otro de la infinidad de novios que le vi tener.
En ese entonces teníamos 21 años y yo estaba más que acostumbrado a ver a mi amiga salir con idiotas, pero Ángel no era ningún idiota. No era ningún patán. Era de hecho, un sujeto genial, carismático, inteligente, con planes a futuro, en fin, mejor que yo en muchos sentidos. Por eso lo odiaba.
Además, el tipo estaba loco por Renata, y ella por él. O eso pensábamos todos. Como dije, Ángel fue su primer gran amor, sólo que ella no lo supo en aquel momento. Su relación fue tan seria, que este individuo fue el primero en ser presentado en calidad de novio a los padres de ella. De hecho, el noviazgo se volvió tan formal que todos estábamos seguros de que algún día se casarían. Y qué diferentes hubieran sido las cosas si esto hubiera ocurrido. La vida de ella, y tal vez también la mía, hubieran sido probablemente mucho mejor si el destino hubiera sellado aquella unión. Sin embargo, de manera inexplicable, Renata decidió serle infiel con un completo imbécil. Un chico malo de esos que tanto le encantaban.
El cuento de hadas terminó ahí, el príncipe azul tomó su galante corcel y se largó para siempre sin siquiera voltear atrás. Desde entonces Ángel ha sido el lamento más recurrente en la vida de Renata. Un invitado de rigor en aquellas noches en que bebía más de la cuenta. No puedo imaginar la cantidad de litros de lágrimas que ella ha derramado a lo largo de su existencia en honor a este individuo.
Una vez incluso, hace ya algunos años, ella tomó la determinación de buscarlo por internet, sólo para descubrir que el tipo estaba felizmente casado y con hijos. Para colmo, la esposa exhibía un cuerpo espectacular. Fue un mar de llanto aquel día, pero por fortuna su mejor amigo estuvo a su lado. 

–No me refiero a ese Ángel en el que piensas –me dijo Renata anoche mientras yacíamos desnudos en mi cama.
–¿Entonces quién? –pregunté mientras mi mano recorría con delicadeza la jovial y perfecta anatomía de mi mejor amiga.
–El extraño con quien soñé no tiene nombre, pero me dijo que podía llamarlo como yo quisiera.
Hubiera sido natural sentir curiosidad por aquel misterioso hombre sin nombre propio, pero nada de lo que sucedió anoche fue natural. Mis ojos sólo existían para los suyos, grises y resplandecientes; y mi boca no podía despegarse de sus magníficos pechos y el diminuto lunar en la comisura de su labio superior. No me interesaba saber nada que tuviera que ver con otra persona que no fuera ella. Sin embargo, era mi deber como mejor amigo escucharla, así que puse atención y permití a Renata que me hablara sobre su nuevo amor.  

***
Dos días después del último cumpleaños de Renata, su hija Susana, la de 18 años, dio a conocer que estaba embarazada. Yo, que desde hacía un par de años visitaba a la familia al menos dos veces por semana, estuve presente cuando lo anunció.
Cabe mencionar que era lo más cercano a un padre para las niñas y todas me trataban como tal, salvo Susana que atravesaba por las rebeldías de la adolescencia. Ciertamente fui un padre en la cuestión económica, pero confieso que en lo emocional, no sentía nada por ninguna de ellas. Cada una tiene la cara de su padre.
Susana tenía ya tres meses de embarazo. La noticia, como era de esperarse, enfureció a Renata y aquella escena se convirtió en un pandemónium de gritos y golpes. Tuve que retirarme. 
Al día siguiente, Renata me habló por teléfono para desahogarse. Entre sollozos me explicó que Susana no sabía siquiera quién era el padre del hijo que esperaba, por lo que no tendrían apoyo de ninguna clase. Le preocupaba en especial el gasto que implicaría el parto, por no mencionar otra boca que alimentar.
Renata, que abandonó los estudios después de la preparatoria, se desempeñaba como cajera en una farmacia y su ingreso apenas era suficiente. Me dijo que consideraba seriamente la posibilidad de echar de la casa a la adolescente y quitarse de problemas. Después de todo, había cumplido la mayoría de edad. Le dije que por el parto no se preocupara, que correría por mi cuenta. Lo rechazó como de costumbre, pero accedió cuando le dije que era en calidad de préstamo y que ya me lo iría pagando poco a poco. Como de costumbre.
Si me devolviera todo lo que le he prestado a lo largo de su vida, probablemente hoy podría costearme ese año sabático en Europa que siempre he soñado.
–¿Qué pensarías de mí si te dijera que odio a mis hijas? –me preguntó con voz más tranquila.
–Pensaría que no lo dices en serio –le respondí.
–No, supongo que no –dijo luego de un breve silencio. –Pero a veces no puedo evitar sentirlas como unas extrañas que viven en mi casa a mis expensas. Quisiera decirles que se rasquen con sus propias uñas, que me dejen en paz. En especial Susana, ahora que me salió con esta estupidez. Resultó más puta que yo, no crees; al menos yo sí sé quiénes son los imbéciles de sus padres.
–Es natural que reacciones así. Te sientes decepcionada. Tal vez temes que ella cometa tus mismos errores...
–Me tiene sin cuidado lo que haga con su vida. Quiero que se vaya.
–Tú sabes que no lo dices en serio.
–Le dije cosas horribles anoche, después que te fuiste. Cosas horribles. Ni siquiera me atrevo a repetirlas…
–Fue un momento de mucho estrés…
–No sólo a ella, a las cuatro. Concha y Perla aún me miran con miedo. Sé que no tienen la culpa de nada, pero es que estoy cansada de que todo tenga que ser sobre ellas. ¡Todo! ¿Y qué hay de mí?.. ¿Yo no tengo derecho a ser feliz?.. ¿Estoy mal por pensar así?
–Creo que es normal. Tal vez somos una generación muy egoísta o tal vez siempre fue así y no lo habíamos notado. Tengo más de seis meses de no ver a mis hijos y no me importa. ¿Los quiero? Claro que los quiero, pero no me importa si no los veo. Al menos no de momento. Puede más el deseo de no volver a ver a su madre, que el deseo de estar con ellos. Tal vez algún día me arrepienta de no haber estado más cerca de ellos en esta etapa de su vida; tal vez algún día les llore a la puerta de su casa, implorando su perdón, pero ahora mismo no me importa. Ya pagaré la factura después. Me hace ser malo pensar así, no lo sé. Me hace humano, sin duda.
El silencio al otro lado de la línea se extendió tanto que estuve a punto de preguntar a Renata si aún estaba ahí.
–Por eso me gusta hablar contigo. Por eso eres mi mejor amigo. Cómo quisiera poder contarte el deseo que pedí cuando soplé las velas del pastel.
–¿Y por qué no lo haces?    
–Porque después no se me cumplirá.
–Lástima. Quisiera saber.
–Te digo una cosa... Esto te va aparecer muy extraño, pero a pesar de todo lo que pasó anoche, de lo mucho que lloré y todas las cosas malas que dije a mis hijas, esta mañana, lejos de sentir remordimiento, de sentirme como un monstruo, me desperté de muy buen humor. Feliz, de hecho.
–¿Por qué?
–Por un sueño que tuve.
–¿Qué soñaste?
–Eso tampoco te lo puedo contar.

***
Fue Susana quien me contó que en su casa sucedían cosas extrañas.
Habían transcurrido dos semanas desde mi conversación telefónica con Renata y ya extrañaba estar en su casa. Mi ex esposa salió de luna de miel y mis hijos se quedaron conmigo durante ese tiempo. Ambos están aún en la pubertad y aunque disfruto estar con ellos, no veía la hora de que se marcharan.
Era sábado al mediodía cuando llamé a la puerta de la casa de mi amiga, llevando en una mano la acostumbrada botella de vino tinto que tanto le gustaba. Sin embargo, no fue ella quien me abrió, sino Susana, quien para mi sorpresa ya lucía su embarazo. Desde ese momento supe que algo estaba mal, pues pareció contenta de verme y se portó amable conmigo al invitarme a pasar. Incluso me ofreció un vaso de agua.
Renata había salido y tomé asiento en la sala para esperarla. Había un silencio inusual en la casa para ser sábado. Incluso la televisión estaba insólitamente apagada. Además, el lugar era un auténtico chiquero, con ropa por todos lados y las paredes sucias. Olía mal, a comida descompuesta. Renata nunca había sido ordenada en toda su vida, pero aquello rebasaba incluso sus propios excesos.
Susana tomó asiento junto a mí en el sillón. Lucía inquieta, nerviosa, incluso se comía las uñas. Le pegunté por sus hermanas y me dijo que aún estaban dormidas, lo cual me pareció extraño, pues los sábados al mediodía, por regla, la casa era un manicomio de risas infantiles.
La chica me cuestionó por mi larga ausencia y cuando le expliqué que estuve con mis hijos, me preguntó cómo estaban y por qué casi nunca hablaba de ellos. Era muy inusual que tuviera esas atenciones conmigo, pues siempre me había mostrado desprecio o en el mejor de los casos, indiferencia. Supuse en primer lugar que el embarazo había ablandado su arrogancia juvenil o que Renata le había contado que sería yo quien pagaría el parto. Sin embargo, fue claro para mí que en el rostro de la adolescente había profunda consternación. Se miraba incluso demacrada. Sabía que quería contarme algo.
–Susana, te noto preocupada. ¿Está todo bien? ¿Sucede algo? –pregunté.
Apenas terminé de formular la pregunta y la joven comenzó a hablar. No, no estaba todo bien. Y sí, sí sucedía algo. Las palabras parecieron brotar a borbotones de su boca; de manera frenética comenzó a relatar un serie de fenómenos extraños que venían sucediendo en la casa durante las dos últimas semanas, y algo sobre la extraña actitud de su madre, pero yo no lograba sacar nada en claro. Tuve que interrumpirla para tranquilizarla y pedirle que relatara las cosas desde el principio.
Todo comenzó con las cucarachas, me dijo. No es que fueran extrañas en su casa, pero aquello pareció una plaga que se materializó de la noche a la mañana. Salían por el desagüe de la regadera en estampida; saltaban a la cara cuando abrías la alacena; aparecían incluso dentro del refrigerador, sobre las sobras de comida. Una vez, dijo Susana, cuando encendió la luz de la cocina en la madrugada para tomar un vaso con agua, encontró un auténtico ejército de estos despreciables seres en el suelo y a ninguno pareció molestarle su presencia. Ninguna corrió, como normalmente hacen. Incluso tuvo la sensación de que la miraron con desdén. Como si ella fuera el insecto. Al final, tuvo que caminar entre ellas con cuidado de no pisarlas.
Después vinieron las ratas. Susana había visto ratones en la casa ocasionalmente, pero nunca ratas. Y menos una multitud de ellas. Se les oía por la noche roer en los botes de basura, se les escuchaba correr por el cielo falso del techo y pelearse entre ellas. Una vez despertó, porqué sintió los pasos de una sobre sus piernas. Rocío, la niña de 11 años, fue mordida en una ocasión y tuvieron que ir al hospital.
–¿Y tu madre? ¿Por qué no hablaron a un exterminador? –pregunté.
–A ella no le importa lo que nos pasa a nosotras. Fui yo quien llamó al hospital.
Junto con las plagas, me dijo Susana, vinieron las pesadillas. Todas las niñas, incluyendo ella, tenían pesadillas y terrores nocturnos tan intensos, que a veces despertaban gritando. La pequeña de cinco años (Perla), dijo en una ocasión, entre sollozos y temblando, que soñó que alguien la lastimaba y luego la mataba. La descripción que hizo de la manera en que fue lastimada me dejó horrorizado, pues se trataba de conceptos que no deberían ser conocidos por una niña de su edad.  
El problema se agravó tanto, me dijo la joven, que finalmente decidieron dormir todas juntas en una sola habitación. Sólo Renata dormía aparte, en su propio cuarto.
Después de las pesadillas, vinieron los ruidos. Susurros en las esquinas. Cuchicheos burlones a sus espaldas. La sensación de ser observadas todo el tiempo; de que había alguien invisible junto a ellas. Cuando me dijo esto supe de inmediato hacia dónde se dirigía su relato. 
"La niña miente, o el embarazo la hizo enloquecer", fue lo primero que me vino a la mente, pero le concedí el beneficio de la duda y sin dejar ver emociones en mi rostro la escuché.
Según Susana, la comida comenzó a podrirse de manera inexplicable. Y no sólo las frutas y verduras recién compradas, sino también la leche, los huevos y las carnes. Las pastas sabían rancias e incluso una vez abrió una lata de frijoles, sólo para descubrir que estaban ennegrecidos y llenos de hongos. El olor a podrido se había vuelto habitual en la casa, pero no venía sólo de la cocina, sino de varias habitaciones. Y no sólo hedía a comida pasada, a veces también apestaba a excremento y orines, aunque nadie hubiese usado el baño.
–Una vez –dijo Susana –desperté en la madrugada, pero no podía moverme, estaba paralizada. Sólo podía mover los ojos. Hacía mucho frío, un frío imposible incluso para ser otoño. Olía a muerto. Intensamente. Era como si me hubieran hundido la cara en un perro que llevaba varios días pudriéndose.
»Entonces me di cuenta, o mejor dicho, pude sentir, que había alguien de pie en el marco de la puerta. No podía verlo, pero pude sentir cómo nos miraba a todas. Pensé primero que era un ladrón y quise moverme, gritar, hacer algo, pero no pude. Estaba paralizada. Luego me di cuenta que no era ningún ladrón, sino otra cosa. Era una presencia maligna. Es la única manera en que se me ocurre describirlo.
»Nunca había sentido tanto miedo en mi vida como esa noche. No quería que la cosa esa, sea lo que sea, se diera cuenta de que yo estaba despierta, así que cerré los ojos y fingí que dormía. Entonces, en mi mente, quise rezar un Padre Nuestro, pero olvidé cómo iba. Sólo conseguí recordar el inicio, la primera frase, y nada más. Fue como si algo me impidiera decirlo. No recuerdo cómo fue que volví a dormir, sólo que al día siguiente desperté con muchas náuseas.
–Bueno ¿y qué dice tu madre sobre todo eso? –pregunté. Para ese momento ya estaba preocupado, pues resultaba claro que independientemente de la veracidad de la historia de Susana, algo malo ocurría en la familia.
–Ya te lo dije, a ella no le importamos. Hace una semana que no lleva a mis hermanas a la escuela. Siempre anda de malas, gritándonos por cualquier cosa. La acaban de despedir hace unos días de su trabajo porque siempre llegaba tarde. Se despierta casi al mediodía. Ya no cocina, y como todo se echa a perder en el refrigerador, tengo que ir yo a comprar comida a la calle. Últimamente no consigo siquiera que me dé dinero y tengo que tomarlo a escondidas. Ahora se la pasa todo el día encerrada en su cuarto. Hoy salió soló para cobrar su último cheque. Creo que está enferma... tienes que ayudarnos.
Los ojos de Susana comenzaron a llenarse de lágrimas, por lo que me acerqué a ella para consolarla; le pasé un brazo por los hombros y le dije que hablaría con su madre apenas llegara. Fue en ese momento que Renata entró a la casa. Lo primero que pensé fue que mi amiga estaba seriamente enferma, pues lucía pálida y demacrada. Había bajado de peso, claramente, pero no pareciera que fuese fruto de una dieta y mucho menos de ejercicio, sino consecuencia de un padecimiento. Le colgaba algo de papada y piel de los brazos; sus ojeras estaban más marcadas que nunca. Además iba desaliñada, sin maquillaje y con el pelo desordenado, algo poco común en ella.
Quise saludarla con un beso en la mejilla, como siempre hago, pero su mano me paró en seco. Sus ojos centellaban con una furia que jamás había presenciado en ella. Fue entonces que sucedió una de las escenas más vergonzosas que he sufrido jamás, uno de los momentos más dolorosos de mi vida que quisiera algún día poder olvidar. Renata me acusó de querer propasarme con su hija y me dijo cosas horribles. Llegó incluso a sugerir que seguramente era yo el padre del bebé que la adolescente esperaba y por eso me había ofrecido a pagar el parto.
Yo sabía que no hablaba en serio, yo sabía que no lo pensaba; yo sabía que aquella reacción sólo fue para tener excusa de correrme de su casa. Aun así me lastimó profundamente y no pude evitar llorar mientras conducía a mi casa.

Dos días después recibí una llamada telefónica de la casa de mi amiga. Me emocioné un momento, esperando que se tratase de ella para pedirme disculpas, pero no, fue Susana quien hablaba. Lloraba a lágrima viva y apenas pude entender lo que decía.
Había perdido al niño, me dijo. Había sufrido un aborto inexplicable.
–¡Soñé con él! ¡Lo vi! ¡Desperté llena en sangre! Sé que perdí a mi hijo, porque ya no lo siento.
Después dijo que las cosas estaban mucho peor, que la casa estaba embrujada. Habló de puertas que se cierran, ruidos y manos invisibles que la tocaban obscenamente a ella y sus hermanas. Ni siquiera tuve tiempo de replicar; de pronto el auricular fue colgado violentamente y supe que fue Renata quien había sorprendido a su hija con el teléfono. Aquella fue la última vez que escuché la voz de Susana.
Acudí de inmediato a casa de Renata, pero ésta apenas asomó la cara detrás de la puerta y me advirtió que llamaría a la policía y me acusaría de acoso sexual a sus hijas si no me mantenía alejado de su casa. Pude haber hablado a las autoridades yo mismo y denunciar a Renata por su conducta demencial, inapropiada para las niñas. Pero no me atreví. En parte, porque tal vez corría el riesgo de resultar afectado legalmente al final de cuentas, pero principalmente, porque estaba habituado a que los deseos del amor de mi vida eran órdenes para mí.

***
–En mi sueño, un hombre guapísimo tocó a mi ventana –me dijo Renata anoche –Era alto, de piel bronce y ojos verdes como esmeraldas; se notaba a leguas que era extranjero. A pesar de ser delgado, se miraba fuerte, de músculos bien formados; llevaba un bigote impecablemente recortado y su pelo, sedoso y cuidado, lo llevaba peinado hacia atrás. Iba vestido de manera elegante, parecía un príncipe.
–Creo que ya fue suficiente descripción. ¿Qué más pasó?, ¿qué quería? –dije celoso, pero ella me ignoró. Continuó hablando, viéndome sin mirarme, con la mirada dirigida a mi rostro, pero perdida en su recuerdo.
–Lo que más me impactó fueron sus ojos. No sólo por ser verdes, profundos, exóticos; sino porque hacía mucho tiempo que nadie me miraba así, con profundo deseo, casi hambre, y a la vez con cariño, con amor apasionado. Me hizo sentir la mujer más deseada del mundo. El último en mirarme así fue Ángel. Por eso me acordé de él.
–Me lastimas con esas palabras. ¿Qué hay de mí? ¿Acaso no te veo yo con amor?
–Me miras con esperanza, con súplica, con suplicio. Sé que me amas, pero no es lo mismo.
Retiré mi mano de su cuerpo y bajé la mirada. Con su dedo índice, Renata levantó mi rostro por el mentón para obligarme a verla de nuevo. Sus juveniles ojos grises, llenos de chispa, volvieron a deslumbrarme. Me regaló una sonrisa y volvió a colocar mi mano sobre sus nalgas para que continuara acariciándola.
–Eres mi mejor amigo y te quiero contar esto –me dijo.
–Te escucho –le dije.
–El hombre me pidió que abriera la ventana para poder entrar. Yo no lo pensé ni un segundo, sabía que no corría peligro, sabía que se trataba de un sueño. En ese momento me di cuenta de que él flotaba; avanzaba por el aire con los pies a unos centímetros del suelo. Me sentí como Wendy, la de Peter Pan.
»Le pregunté quién era y me dijo que su nombre no tenía importancia, que lo llamara como yo quisiera. Su voz era grave, penetrante, muy sexy. Tan exótica como sus ojos. Le dije que me recordaba a alguien a quien había querido mucho. A Ángel. 
»“Que así sea”, me dijo. “Ángel seré para ti”. Le pregunté entonces qué quería de mí y por qué me visitaba en medio de la noche. Me dijo que venía desde el otro lado del mundo sólo para verme. Que yo lo había llamado. Que escuchó mi lamento la noche en que apagué un año más de vida.
»No eres lo que pedí, le dije. “Pediste una oportunidad”, me respondió. 
»Hicimos el amor, obvio. Y de más está decir que nunca en mi vida me habían besado con tanta pasión y ternura a un mismo tiempo; que nunca me habían penetrado de manera tan salvaje y dulce a la vez; que nunca había tenido tantos orgasmos en una sola noche. Y sin embargo, el sexo no fue lo mejor. Lo mejor fue que cada vez que lo hacíamos, yo perdía años y kilos de encima. Cómo lo oyes, con cada orgasmo yo me sentía, y me miraba, más joven. Los espejos que cubren las puertas de mi armario no me dejarán mentir; sobre la cama había una jovencita de 17 años. Era yo otra vez.
»Sabía que era él la causa de aquel milagro, que era él quien me contagiaba su juventud y vigor. Pero en ningún momento olvidé que aquello era un sueño que pronto terminaría. Cuando finalmente quedó saciada nuestra hambre de placer, permanecí abrazada a él con fuerza, sintiendo que sus musculosos brazos me protegían del paso inexorable del tiempo, deseando poder llevarlo conmigo al mundo real cuando despertara. Finalmente llegó la mañana y con ella la asquerosa realidad. Me sentí como la Cenicienta. La hermosa doncella se había vuelto calabaza de nuevo. Pero estaba de buen humor. A pesar de las náuseas, el mareo y la sensación de cansancio, me sentía contenta. Satisfecha. Plena.
–Aquel día, cuando me corriste de tu casa, parecías enferma –le dije.
–Sí, y mi condición fue empeorando con cada visita de mi ángel, pero no me importó. Valía la pena el trueque; una porción de mi salud, de mi vida, por una noche de juventud y placer. Los días se volvieron eternos, pues yo ansiaba cada vez más la noche. Pronto, mi vida entera giró en torno a él. No había nada más.
–Tus hijas te necesitaron– Cuando dije esto, su mirada se endureció.
–Una noche mi ángel me dijo que el fin de nuestra relación estaba cerca, que pronto llegaría el día en que él no estaría más conmigo y yo no volvería a despertar. Le supliqué que no me abandonara, que me llevara con él.
»Yo no quiero ir a ningún lado -le dije- quiero estar aquí, contigo. Quiero que este sueño nunca termine. Quiero ser yo para siempre. “Has probado la verdadera vida” -me respondió. “Muy pocas personas en este mundo tienen esa dicha y el precio que pagarás, apenas es el justo. El regalo que me pides es infinitamente más valioso de lo que tu pobre alma, carente de toda inocencia, puede pagar”.
»Tengo más que ofrecer qué sólo mi vida, le dije.

***
Cuando desperté esta mañana, el reloj marcaba casi las once. En efecto, sentí fatiga y náuseas, pero también regocijo, felicidad, algo que hacía mucho tiempo no disfrutaba. Ni siquiera me molesté en llamar a la oficina para avisar que no iría a trabajar.
Permanecí un par de horas en mi cama, evocando las múltiples ocasiones en que hice el amor a Renata. No a la mujer demacrada y pasada de peso, sino a la auténtica Renata, la pequeña Venus. Mi Renata. Me masturbé hasta disparar salvas.
Cuando finalmente me levanté y entré al cuarto de baño, casi me fui de espaldas al ver mi reflejo en el espejo. El hombre que me devolvía la mirada lucía algunas arrugas, profundas entradas en la frente y numerosas canas; además estaba pálido y ojeroso. Me había olvidado por completo de él y es que no se parecía en nada al atlético y vigoroso muchacho de veinte años que vi anoche en el espejo de mi recamara.
Busqué instintivamente las marcas en mi cuello. Ahí estaban, dos diminutos orificios en mi yugular. Parecían dos pinchazos de aguja. Los tenía igualmente en las muñecas, antebrazos y en la ingle. Incluso tenía un par de ellos en mi pene. Eran las mismas marcas encontradas en los cuerpos de las niñas. O al menos en los que no estaban en tan avanzado estado de descomposición.
La noticia aún sigue en los periódicos y noticieros. Todo comenzó con la denuncia de los vecinos por el mal olor que provenía de la casa de la mujer con cuatro hijas. Era además foco de infección por la peste de cucarachas, ratas y otras alimañas. El hallazgo causó conmoción en la comunidad. De la madre de las víctimas y presunta asesina, no había rastro alguno. Yo incluso fui tomado por sospechoso y llevado a declarar, pero al final se dijo que la mujer, loca de atar, había envenenado a sus hijas y huido, aunque se desconocía cómo o con qué clase de veneno. Nadie mencionó nunca la ausencia de sangre en las víctimas. El entierro fue hace un par de días.
¿Sentí miedo cuando vi a Renata flotando tras mi ventana? Sí, la verdad es que sí. Pero sabía que era un sueño, así que no dudé en acceder su petición de invitarla a pasar. Además, sus deseos siempre han sido órdenes para mí. Me halagó, de hecho, que viniera a mí. Sé que esta noche volverá a visitarme. Espero que lo haga.
Sin embargo, hay algo que me preocupa; se trata del final de la historia que me contó mi amiga. Su “ángel”, como ella lo llama, le hizo una advertencia la última noche, momentos antes de que él cumpliera su parte del trato, luego de saciarse con la preciosa ofrenda que le hiciera Renata.
–Para alcanzar la vida eterna debes beber mi sangre y comer mi carne –le dijo el ente. –Para ello, debes despertar. Debes verme. Cuando lo hagas, ten presente una cosa: la criatura que estará frente a ti no soy yo. Éste que ves ahora soy yo. Se puede burlar a la muerte, pero no al tiempo, y la oscuridad tiene… sus efectos.
–Es la cosa más lastimera, patética y asquerosa que he visto en mi vida –me dijo Renata anoche. –Mediría poco más de un metro. Una parodia de ser humano. Su piel, delgada, descolorida, repulsiva, le colgaba en pliegues; parecía un perro con sarna y apestaba a muerto. Me levanté de la cama y permanecí de pie frente a él. Su cara, mirándome desde abajo, era la encarnación de la tristeza. Los ojos no eran más que dos puntos rojos opacos al fondo de sus profundas cuencas; no tenía nariz, sólo el orificio y su mueca de labios secos parecía congelada en una expresión de dolor. Fue como ver a un animal en agonía que me suplicaba que lo rematara. Con su mano de larguísimos dedos que terminaban en garras de rata, me pidió que me hincara ante él. Así comenzó el ritual.
Quiero creer que este ser, este “ángel”, ha vivido milenios y a eso debe la profunda deformación de su forma física. ¿O acaso mi hermosa amiga se ha convertido ya en una horrorosa criatura? ¿Es esa la apariencia de los inmortales? ¿Tomaré yo esa forma si realizo el ritual? ¿Realizaré yo el ritual alguna vez?
El sólo hecho de que Renata me contase su historia me hace suponer que compartirá este regalo conmigo. Que al final, luego de beberse poco a poco mi sangre y me lleve la frontera con la muerte, me dará a elegir entre partir o ser como ella. Tal vez para seguir siendo mejores amigos o tal vez incluso, por qué no, para darme al fin una oportunidad. Un premio a mis largos años de lealtad.
Hay otra cosa que me preocupa. El ente, la cosa, el monstruo, Ángel, no pudo tomar por sí mismo a las niñas, fue necesario que Renata se las obsequiara. Ser madre, por lo visto, otorga más derechos de los que yo suponía. Entiendo entonces que este ser no tiene el poder de hacer nada sin el permiso de sus víctimas. Renata tuvo la moneda de cambio perfecta para comprar su inmortalidad. Me pregunto si mi amiga me hará este regalo (si es que lo hace) por el simple hecho de nuestra amistad, de mi lealtad, o si me pedirá algo más. Lo que me preocupa de esta cuestión es que, pida lo que me pida, no dudaré en dárselo. Como siempre. 

2 comentarios:

  1. Gran drama, Carlo. Me ha sobrecogido la angustia en la vida de Renata y sobretodo la lealtad de este tipo. El final, oscuro y muy vampírico me gustó. Es como una metáfora de la gente tóxica. Esa genete que no aprende o no hace nada para cambiar su situación, que funciona del mismo modo y la repercusión en la gente que lo o la quiere. Muy bueno, me alegro de verte por aquí (por la Comu) y también me llamó la atención el erotismo de los primeros párrafos. Gran estructura :) Un fuerte abrazo

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    1. Gracias, Ana Lía. Me alegra que te haya gustado; tienes razón sobre a gente tóxica. De alguna manera también son vampiros. Saludos!

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